¿Cómo y por qué lo sagrado se volvió viral?

¿Cómo y por qué lo sagrado se volvió viral?

¿Por qué en nuestras culturas globalizadas, occidentales, digitales, que parecían cada vez más secularizadas y donde lo religioso no tenía cabida, de pronto vuelve a haber lugar en la interlocución para lo espiritual? Para empezar, necesitamos hacer un diagnóstico de la época en la que vivimos: una época llena de contradicciones, de paradojas y saturaciones, como la vida misma.

Actualmente presento una exposición sobre experiencias espirituales evangélicas en una galería laica. Esto me permite conectar estos temas religiosos con espacios no religiosos pero abiertos a la espiritualidad, algo que hace diez años habría sido impensable.

Por eso, quiero empezar con algunos puntos:

  1. Breve diagnóstico de época

  2. Lo religioso no desapareció, se desplazó, se pluralizó, se desinstitucionalizó

  3. Espiritualidad en red: internet y las redes lo cambiaron todo

  4. ¿Cómo y por qué lo sagrado se vuelve viral? Estética, testimonio y cultura pop

  5. La viralidad no significa profundidad ni pertenencia


El diagnóstico de época


Ya lo sabemos, pero vale la pena recalcarlo: vivimos en una cultura hiperconectada. Tenemos más información, más pantallas, cierto margen de libertad para elegir como nunca antes quiénes queremos ser, qué consumir, qué mostrar y cómo narrarnos a nosotros mismos.

Y, sin embargo, también vivimos con una enorme fragilidad identitaria. Con altos índices de problemas de salud mental. Con ansiedad, cansancio, comparación permanente. Con una fuerte necesidad de darle sentido a nuestra existencia. A lo mejor esto fue siempre así, pero el espejo que nos devuelve el teléfono, todo el tiempo, es una imagen que nos lo recuerda sin descanso.

Acá hay una paradoja porque estamos más conectados que nunca, pero muchas veces nos sentimos más solos y más vacíos. Tenemos más posibilidades de mostrarnos, pero también más presión para construir una identidad digital atractiva, coherente, deseable, visible. La vida digital nos empuja todo el tiempo a conseguir más, hacer más, ser más, mostrar más (y eso sin meternos siquiera en la lógica de las inteligencias artificiales generativas y la productividad).

El resurgimiento de la creencia en Dios, un libro del autor británico Justin Brierley, trabaja esta idea a partir de varios autores contemporáneos. Él señala que en Occidente hemos perdido en gran parte una historia común que antes nos ayudaba a ubicarnos en el mundo. La narrativa cristiana, con todos sus límites y tensiones históricas, ofreció durante siglos (de manera hegemónica y vertical, a través del poder de sus instituciones) un marco compartido para responder preguntas básicas: quién soy, para qué vivo, cuál es mi lugar en el mundo, quién soy con otros.

Hoy, en cambio, vivimos en lo que algunos autores llaman “la era del individualismo expresivo” bajo la idea de que cada persona tiene que descubrir un “yo auténtico”, construir su propia identidad, justificar su vida desde sí misma. Es una promesa de liberación. Pero ante un mundo tan grande, con tantas opciones, también puede convertirse en una carga enorme. Porque si ya no hay una historia común, si ya no hay una estructura compartida de sentido, entonces cada uno tiene que inventarse solo.

A esto se suman las redes sociales. Habilitan conexión, comunidad, expresión personal. Pero a la par facilitan la comparación, la ansiedad, la envidia, el aislamiento, una sensación permanente de insuficiencia. Nos muestran vidas aparentemente plenas: cuerpos perfectos, vida de viajes y logros, casas ordenadas, comidas aesthetic, como dicen los jóvenes. Y frente a eso, nuestra vida real muchas veces aparece como demasiado común. Demasiado chata.

Por eso la selfie ya no es solo un autorretrato. Es parte de una marca personal, de nuestro branding. Es parte de esta presión por demostrar que existimos, que somos interesantes, que tenemos una vida deseable.

Pero me pregunto, ¿puede una identidad construida solo para ser vista, sostener verdaderamente una vida plena?

John Vervaeke, divulgador, psicólogo y filósofo, profesor en una universidad de Canadá, llama a esto la crisis de sentido, que es la sensación de desconexión con los otros, con el mundo, con el cuerpo, con una historia común, con un propósito para vivir. Un momento en que las personas ya no saben dentro de qué historia ubicar su propia existencia.

Y cuando una cultura (o las instituciones que tenían esa tarea) no logra responder a las preguntas más básicas (quién soy, para qué vivo, a qué colectivo pertenezco, qué sostiene mi vida cuando llega el dolor, la enfermedad, la pérdida o la muerte), esas preguntas no desaparecen. Vuelven, se desplazan. Buscan otros lenguajes que las respondan.

Como respuesta a esas grandes preguntas de la vida aparece la idea de lo sagrado. No necesariamente a través de la religión institucional, sino como necesidad humana de trascendencia, de conexión con algo más, de comunidad. Cuando nos acercamos a las preguntas más profundas de la vida (el amor, el sufrimiento, el duelo, la muerte, la esperanza) necesitamos algo más como seres humanos. Una historia común más grande que nosotros mismos. Algo que las religiones históricamente han ofrecido y buscado responder. 

Lo religioso no desapareció, se desplazó, se pluralizó, se desinstitucionalizó

Y si el drama del ser humano no desaparece, ¿entonces qué pasó con la religión o con las religiones organizadas que ofrecían estas respuestas?

Durante mucho tiempo se instaló una idea bastante lineal de que la modernidad, la ciencia, la razón y el progreso iban a hacer retroceder definitivamente a la religión. Y es verdad que, en muchos países occidentales, las instituciones religiosas perdieron centralidad. Las iglesias ya no organizan la totalidad de la vida social como lo hicieron durante siglos (al menos es lo que se espera en países laicos, aunque por supuesto hay intereses políticos que presionan para que esto sea así). 

Me interesa mucho una metáfora que retoma Justin Brierley. Habla del "mar de la fe", una imagen tomada del poema La playa de Dover, de Matthew Arnold, donde la fe aparece como una marea que se retira. Pero Brierley cita esta observación:

"Lo interesante del mar de la fe es que no hay ningún motivo por el cual no pueda volver. El mar hace algo más que retirarse. Precisamente en eso consisten las mareas”.

La imagen es potente. Cuando la marea baja, el agua no desaparece. Se desplaza. Cambia de lugar. Puede retirarse de una costa y aparecer con fuerza en otra. Algo parecido ha ocurrido con las creencias religiosas y espirituales: pueden perder fuerza institucional y, al mismo tiempo, reaparecer en las historias de vida, en las prácticas cotidianas, en las redes, en la cultura popular o en nuevas formas de ritualidad.

Por eso no conviene hablar simplemente de "fin de la religión", sino de transformación religiosa. José Casanova, un referente de la sociología de la religión, ayuda a matizar esta idea al explicar que, en Occidente, el Estado y el mercado empezaron a funcionar "como si Dios no existiese". Pero eso no implica que las personas hayan dejado de creer: podemos ver el Mundial y cómo la gente apela a sus creencias religiosas para hacer que sus equipos ganen. Lo que esto implica es que la religión dejó de ser el marco común obligatorio y pasó a vivirse de una manera más personal, plural y fragmentada.

Los datos muestran bien esta tensión. En Argentina, según OCREAR 2026, el 57,7 % de la población se identifica como católica, el 17,4 % como evangélica y el 22,4 % sin filiación religiosa. Entre jóvenes de 16 a 29 años, ese número sube al 31 %. Y, sin embargo, el 76 % de los jóvenes argentinos dice creer en Dios, aunque solo el 13 % asista a misa.

En España, el BREC 2025 señala que el 42 % de la población no se identifica con ninguna religión. Pero, al mismo tiempo, un 15 % se define como "espiritual, pero sin pertenecer a ninguna religión".

El dato importante no es solo que baja la pertenencia institucional. El dato importante es que la búsqueda espiritual no desaparece al mismo ritmo. Aparece lo que algunos autores llaman "creer sin pertenecer", personas que no se reconocen dentro de una institución religiosa, pero siguen rezando, creyendo, buscando y nombrando algún tipo de trascendencia.

No estamos, entonces, ante un retorno simple de la religión. Tampoco ante su desaparición. Estamos ante un cambio de lenguaje, de territorio, de forma de pertenencia. La marea quizás bajó en la adscripción institucional religiosa, pero empezó a subir en otros lugares, por ejemplo, en las espiritualidades que conectan con la experiencia personal, en las nuevas comunidades digitales, en la música, en las películas y en la cultura popular.


Espiritualidad en red: internet y las redes lo cambiaron todo


Llegamos entonces al núcleo de lo que nos convoca. Para comprender este fenómeno de viralidad necesitamos despojarnos de una idea preconcebida que instrumentaliza lo digital: el entorno digital no es simplemente un megáfono para las creencias, es el ecosistema donde la experiencia religiosa se reinventa por completo.

Durante mucho tiempo caímos en la simplificación de ver la red de internet como un soporte técnico más (similar a lo que fueron en su momento la radio o la televisión), donde bastaba con encender una cámara para trasladar un mensaje. Sin embargo, Antonio Spadaro, al profundizar en la "ciberteología", nos advierte que el espacio digital no es un instrumento externo, sino un "clima", un "ambiente" vital en el que habitamos. Y si la gramática de las redes modifica nuestros procesos cognitivos y existenciales, es inevitable que también transforme nuestra manera de creer y de sentir lo sagrado. 

Podemos recuperar acá los aportes de Heidi Campbell sobre la Religión Digital. Esta socióloga dice que la frontera entre lo online y lo offline es ya una línea borrosa y obsoleta: ambos registros se hibridan constantemente en un mundo on-life. Lo digital no se limita a circular contenidos. Altera tres dimensiones que son pilares para cualquier creyente: la construcción de la identidad, la vivencia de la comunidad y la configuración de la autoridad religiosa.


Identidad

En la esfera digital, las fronteras entre lo íntimo y lo expuesto se disuelven. Quienes solían vivir su fe en el ámbito privado encuentran ahora espacios para tejer narrativas propias, conformar redes de apoyo, visibilizar pertenencias que en sus entornos físicos podrían resultar invisibles o minoritarias.


Comunidad

Las redes están redefiniendo los conceptos de proximidad y pertenencia. Es frecuente que las personas busquen refugio en grupos online ante la falta de contención que encuentran en sus instituciones territoriales. La pantalla ofrece un ágora de interacción, de diálogo entre credos y de integración social.


Autoridad

Este es, quizás, el cambio más disruptivo. En la lógica de internet, sostener el monopolio del relato o de la interpretación de lo sagrado es casi imposible. Emergen liderazgos con nuevas lógicas: los influencers de la fe, los evangelizadores digitales…

Hoy, para movilizar a miles de jóvenes, no se requiere necesariamente una investidura jerárquica tradicional, sino la capacidad de habitar con sentido plataformas como TikTok o Instagram.

Incluso las grandes estructuras institucionales están leyendo estos signos. La Iglesia Católica dejó de percibir la red como una mera herramienta, para empezar a hablar de ella como un "Continente Digital", es decir como un territorio de misión que no solo demanda ser evangelizado, sino, ante todo, ser habitado. 

Pero no podemos ignorar que esta virtualidad conlleva también sus propias tensiones. Hay alerta sobre los riesgos de una digitalización acrítica (sesgos de los algoritmos, la circulación de campañas desinformativas, de discursos de odio, la profundización de las brechas de acceso, y ni mencionar la IA). Los líderes enfrentan el reto de equilibrar la "autenticidad" del encuentro presencial con lo que se llama "promiscuidad mediática" , esa urgencia por estar en todas partes que, en ocasiones, termina diluyendo la profundidad de los mensajes. Pero ese es otro tema.

En definitiva, lo digital movió los cimientos de lo establecido. No estamos asistiendo simplemente al uso de nuevos dispositivos por viejas instituciones. Estamos asistiendo a cómo este nuevo ecosistema modifica las reglas de juego, gesta nuevas comunidades, encuentra formas inéditas de propiciar lo sagrado en el día a día.


¿Cómo y por qué lo sagrado se vuelve viral? Estética, testimonio y cultura pop


Llegamos al cuarto eje. En la cultura digital, muchas personas no entran primero por la doctrina o el catecismo. Entran por una historia, una imagen, una estética simbólica, una experiencia que les resulta reconocible.

En este ecosistema, la narrativa del testimonio personal le disputa la viralidad a la racionalidad apologética. La mayoría no conecta con discursos doctrinales o solamente con defensas argumentales y frías de la fe, sino que conecta con relatos reales de personas reales, con historias de transformación y de superación que inspiran. Por eso es que hoy vemos una ola de famosos, intelectuales y artistas que cuentan públicamente conversiones dramáticas que les permitieron dejar atrás las drogas o la depresión. Figuras de la cultura popular (como Jaime Lorente, de La casa de papel, Daddy Yankee, Thalía, Eva Luna, entre otros) hablan de su fe y de su asistencia a la iglesia con total naturalidad, sin el prejuicio de otras épocas.

Y lo mismo pasa con los influencers en internet. Muchos ni siquiera se paran en el lugar del "predicador" tradicional. Por ejemplo, el caso del streamer Luquita Rodríguez (que aparece con un rosario, cuenta que fue a ver al Papa, se bautizó…) nos muestra a alguien que no está ahí para dar un sermón, sino que simplemente da un testimonio llano de algo que le hace bien.

Pero además del testimonio, hay otro vehículo clave para la viralidad y es la estética. El catolicismo, de pronto, se volvió cool, y creo que el Papa Francisco, con su modo de dialogar con todos los sectores, actualizó la imagen institucional que tenía al menos un sector de la Iglesia Católica. 

Por otro lado, las redes están minadas de contenido que reproduce la belleza litúrgica, la arquitectura y los símbolos como verdaderas piezas de moda. Vemos, por ejemplo, marcas de alta costura como Dolce & Gabbana haciendo colecciones enteras inspiradas en el cónclave y en los trajes de los cardenales.

Podríamos problematizar esto preguntándonos si el hecho de que un joven que antes no lo hacía, de pronto use un rosario en TikTok, ¿implica un acto de fe o es un gesto meramente estético y performático?

Algunos lo ven como consumo popular, otros como moda, unos tantos como avivamiento espiritual. Yo creo que hay una disputa narrativa. Incluso, algunos dicen que la búsqueda de belleza funcionaría como un "caballo de Troya" para empaquetar lo divino en una estética hermosa y atractiva o en un lenguaje accesible, para infiltrar un mensaje de profundidad en una generación sedienta de sentido.

Y si hablamos de empaquetar la profundidad en la cultura pop, el ejemplo definitivo de los últimos años es Rosalía. Con su disco LUX, puso a Dios en el centro del debate mainstream. Una de las artistas más grandes del mundo hace un disco explorando la mística femenina, citando a monjas, a santas, a filósofas como Simone Weil. Rosalía no tiene pudor en decir que siente "un vacío que quizás solo Dios puede llenar", en afirmar, sin vueltas, que "el mejor artista es Dios".

Hay que tener cuidado de asignarles a las producciones lo que no son, puesto que LUX no es un tratado de teología ni Rosalía es una monja ni mucho menos. Es la expresión de una generación que se da cuenta de que ser joven, famoso y exitoso no alcanza para calmar la ansiedad existencial. Y cuando una popstar global habla de la gracia y el perdón, hace que millones de jóvenes se pongan a buscar en Google quiénes eran las místicas medievales.

Entonces, lo sagrado se vuelve viral cuando deja de aparecer solo como regla de una institución que únicamente se presenta en el lenguaje del dogma o la apologética, y empieza a circular como experiencia, testimonio, búsqueda de belleza, creación de un relato que traiga algo que nos conecte con nuestra humanidad compartida.


La viralidad no significa profundidad ni pertenencia


Llegamos al quinto eje. Y acá quiero hacer un freno, porque no podemos analizar todo esto desde la ingenuidad ni quedarnos en una postura puramente celebratoria. Hay tensiones muy fuertes debajo de la superficie.

Lo muestra la paradoja de los datos que mencionamos antes donde aparece un boom de referencias a Dios, de gente famosa hablando públicamente de su fe por TikTok e Instagram. Pero, por otro lado, las encuestas muestran otra cosa. En Argentina, el catolicismo cayó al 57,7 % y los "sin filiación religiosa" treparon al 22,4 %. En España, el 42 % ya no se identifica con ninguna religión.

¿Qué nos dice esto? Hay que distinguir entre visibilidad y práctica religiosa y adscripción religiosa institucional. Ver un video de un cura en TikTok, ver un culto un domingo por streaming o escuchar un disco de Rosalía lleno de referencias divinas, no se traduce automáticamente en ir a misa el domingo o comprometerse con una congregación.

Aquí chocan dos mundos: la moda de hablar sobre espiritualidad en los medios y la fe que la gente realmente vive en el día a día. En esta época donde muchos rechazan las religiones tradicionales, corremos el riesgo de que la espiritualidad se convierta en un producto de consumo superficial.

Además, viralidad no es sinónimo de vivencia sostenida en el tiempo. Estamos ante una espiritualidad individualista, donde las personas arman su propia fe a la carta solamente como forma de autoayuda y autosuperación personal.

Que lo sagrado se vuelva viral no significa que haya más creyentes ni más comunidad ni más profundidad espiritual. Significa, más bien, que las viejas preguntas religiosas de la humanidad no murieron. Siguen circulando. Pero ahora buscan lenguajes nuevos en el ecosistema digital.

Y frente a todo esto (la viralidad, la ambigüedad, la tensión entre estética y práctica) la pregunta que me queda no es cómo viralizar mejor la fe, sino cómo sostenerla en comunidad.

En mi casa esto no es solo una pregunta teórica. Yo soy fotógrafa documental y desde hace años investigo estas mismas tensiones desde otro lenguaje que es el de la imagen. Con la Beca de Exploración Narrativa de CREO, estoy desarrollando la exposición del proyecto El goce otro (un trabajo que permite conectar con audiencias que, por prejuicio, nunca se acercarán al fenómeno religioso evangélico como tal). La fotografía, y la necesidad de presencia y de relato que ella supone, ponen por delante los desafíos del encuentro con la pluralidad. Y eso, creo, nos humaniza. 

Necesitamos que estas experiencias no se agoten en la moda pasajera, en la visibilidad que se evapora tan rápido como llegó. Necesitamos construir sentido colectivo, comunidad y belleza que nos ayuden a pensar la pluralidad desde el bien común.

En el fondo, todos seguimos buscando algo que nos encuentre, nos nombre en plural y nos sostenga sin humos.

Bibliografía

Bibliografía teórica y académica

Berger, Peter L. (1999). The Desecularization of the World: Resurgent Religion and World Politics. Referencia fundamental para pensar la persistencia y el resurgimiento público de las religiones en las sociedades contemporáneas.

Brierley, Justin (2025). El resurgimiento de la creencia en Dios.

Campbell, Heidi A. (2010). When Religion Meets New Media. Texto fundacional para el estudio de las relaciones entre religión, cultura y medios digitales.

Campbell, Heidi A. (ed.) (2013). Digital Religion: Understanding Religious Practice in New Media Worlds. Obra fundamental para la formulación y el desarrollo del concepto de «religión digital».

Fantilli, Almendra (2023). Agenda religiosa digital. Una comparación entre evangélicos y católicos en el espacio digital. Trabajo Final de Máster en Dirección Estratégica e Innovación en Comunicación.

Geertz, Clifford (1985). «Religion as a Cultural System». En The Interpretation of Cultures. Referencia para el análisis de la religión como sistema cultural y entramado de significados.

Panotto, Nicolás (2019). Fe que se hace pública. Reflexiones sobre religión, cultura, sociedad e incidencia.

Spadaro, Antonio (2014). Ciberteología. Pensar el cristianismo en tiempos de la red.

Weil, Simone (2025). La gravedad y la gracia.

Informes y estudios

Fundación Pluralismo y Convivencia y Observatorio del Pluralismo Religioso en España (2025). Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC). Informe de resultados 2025. Autores: Eugenia Relaño Pastor, Jacobo Muñoz Comet, María del Mar Griera Llonch, Puerto García Ortiz y Rita Gomes Faria.

Fundación SM (2026). Jóvenes españoles 2026. Estudio sobre percepciones, estilos de vida y religión en la juventud.

Observatorio de Creencias y Religiones de la Universidad de Buenos Aires — OCREAR (2026). Barómetro de las Religiones y las Creencias en Argentina. Primer informe: El mapa de las identidades religiosas en Argentina. Autores: Juan Cruz Esquivel, Mariela Mosqueira, Marcos Carbonelli y Gabriela Irrázabal.

Recursos audiovisuales

Teología Pop (s. f.). «ROSALÍA: ¿Dios es un stalker? ¿Cristo llora diamantes? Análisis de LUX». YouTube. Guion y análisis de Almendra Fantilli.

 

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